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Lo que nos llevamos del XIII Congreso Mundial del Jamón

Julio Tapiador. Presidente de Interham

Durante tres días de abril, Granada juntó en un mismo lugar a la gente que impulsa cada día la industria del jamón. Investigadores que llevan años detrás de una molécula, técnicos que conocen sus secaderos como quien conoce su casa, responsables comerciales que se pelean cada semana con un mercado exigente, instituciones, ponentes llegados de fuera. Lo que ocurrió en el XIII Congreso Mundial del Jamón lo vivimos todos. Lo que queríamos saber era qué se llevaron puesto al volver a casa.

Para averiguarlo pusimos en marcha una encuesta de satisfacción, y conviene explicar en qué consistió. Enviamos a los congresistas un cuestionario con diez preguntas de escala —de uno a cinco— sobre las dimensiones que definen un congreso: la valoración global, el contenido del programa y el de las ponencias, los actos de inauguración y clausura, el lugar de celebración, las instalaciones y el material, la información recibida antes y durante el encuentro, la resolución de incidencias y la utilidad de lo aprendido para el trabajo diario. A esas diez añadimos cuatro preguntas abiertas, sin casillas ni opciones, donde cada participante podía escribir libremente lo que más le aportó el congreso, qué ponencia se llevaba y qué esperaba de la próxima edición.

Respondieron una treintena de congresistas, y ocho de cada diez lo hicieron en las primeras cuarenta y ocho horas. Esa rapidez ya dice algo: cuando alguien contesta un cuestionario nada más recibirlo, es porque tiene el congreso fresco y ganas de hablar de él.

Los resultados nos han dejado muy satisfechos. La valoración global del congreso alcanza un 4,16 sobre 5, y ningún participante lo puntuó por debajo del aprobado: no hay una sola nota de uno ni de dos en la valoración general. Casi ocho de cada diez asistentes lo puntuaron con un cuatro o un cinco. Y a la pregunta de si volverían a la próxima edición, ni una sola respuesta negativa. Ninguna.

Las mejores notas se las lleva la organización del encuentro. El lugar de celebración obtiene un 4,55, la mejor puntuación de toda la encuesta: Granada fue una anfitriona magnífica y los congresistas lo han reconocido sin reservas. La información facilitada antes y durante el congreso alcanza un 4,45. Las instalaciones y el material puesto a disposición de los asistentes, un 4,35. La resolución de incidencias por parte del equipo, un 4,19. Y la utilidad de lo aprendido para el trabajo diario, un 4,13, que para mí es una de las cifras más importantes de todas: significa que la gente se volvió a su empresa, a su laboratorio o a su despacho con algo aprovechable en la maleta.

Pero el dato que más me ha llegado no es una nota. Veintiocho de los treinta y un participantes se sentaron a escribir en las preguntas abiertas. No un «muy bien, gracias»: párrafos enteros, algunos largos, redactados con un cuidado y un conocimiento del sector que honra a quien los firma. Trece de ellos señalan que lo más valioso del congreso fueron las conversaciones que mantuvieron allí, la gente a la que conocieron o volvieron a ver. Once se molestaron en felicitar expresamente por escrito a la organización, sin que nadie se lo pidiera. Y uno lo resumió en una frase que me quedo: compartir conocimiento es vital.

Hay otro detalle que me parece revelador. Al preguntar por la ponencia favorita, los congresistas citaron dieciséis ponencias distintas. Dieciséis. No hubo una sola charla que arrasara, sino un programa en el que cada perfil profesional encontró la suya: el que buscaba tecnología de proceso, el que venía por la investigación de vanguardia, el que necesitaba entender el mercado. Eso solo ocurre cuando un programa es ancho y está bien construido.

Y, por supuesto, también nos han dicho lo que tenemos que mejorar. Más tiempo para el debate y menos saturación de ponencias. Mejores condiciones para los pósteres científicos. Más espacios para conversar. Y, tratándose de un congreso mundial, traducción. Son peticiones razonables y, sobre todo, son peticiones que nos llevamos puestas de vuelta a casa.

Nada de esto se va a quedar en un informe guardado en un cajón. Vamos a llevar estos resultados a nuestra Junta Directiva y a analizarlos también con un grupo de expertos, para revisar con calma qué podemos mejorar de lo que es mejorable y de qué manera hacerlo de cara a la siguiente edición. De ese análisis daremos cuenta en nuestra próxima newsletter, porque quien se ha tomado la molestia de contestar merece saber en qué se traduce lo que nos ha dicho.

Ese es el sector que yo conozco: exigente, generoso con su tiempo y orgulloso de lo que hace. Un sector que llena una sala durante tres días, que después llena un cuestionario y que ya nos está preguntando por la próxima cita.

Y para eso, precisamente, está el Instituto. Un congreso mundial son tres días cada dos años; todo lo demás es el trabajo de en medio. Interham se ocupa desde ahora de las cuestiones intercongresos: recoger lo que el sector nos plantea, mantener vivas las conversaciones que empezaron en Granada, desarrollar las líneas de trabajo que allí se apuntaron y llegar a la próxima edición con los deberes hechos. El congreso es la cita; el Instituto es la continuidad.

Gracias a los ponentes, que trajeron a Granada lo mejor de lo que se investiga y se fabrica hoy en el jamón curado. Gracias a los patrocinadores, sin los cuales un congreso de esta dimensión sencillamente no existiría. Gracias a las instituciones que nos acompañaron y al equipo que hizo funcionar las tres jornadas. Y gracias, sobre todo, a los congresistas, que son quienes convierten un programa en un congreso. Nos vemos en la XIV edición.

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